
Son dos fantasías las que bañan a la hermosa ciudad de barranquilla, por un lado el experimentado por su recorrido “Rio Magdalena” y del otro el imponente “Mar Caribe”
Una persona de veinte años, acompañado por sus amigos de dieciocho y diecinueve años tardaría cuatro horas en hacer un recorrido que empieza desde el ultimo restaurante de la reconocida zona de comidas a la orilla del rio en el barrio las flores, recorrido el cual comienza con mucha energía positiva y ganas de llegar al final, sin saber la magnitud de la fiera que tiene enfrente.
Un camino pedregoso es el que se siente a través de la delgada capa de suela de unos zapatos comprados en promoción del Éxito seis meses atrás, que tienen unos cuantos huecos con ínfulas de cámaras de aire, la brisa ataca de frente y sin miedo, con ella trae miles de granitos de arena quizás es la brisa la que esta haciendo que la arenosa se acabe… (eso lo discutiremos luego) el mono gigante que ilumina nuestro camino le tuvo miedo a la valentía del individuo de veinte años con zapatos rotos, por eso se ocultó todo el tiempo tras las naguas de su vecina nublada y los jóvenes no soportaban la alegría que le proporcionaba el hecho de pensar que ganaban la batalla contra el sol, pero lo que no sabían es que él también usa silenciador cuando le conviene.
Las hojas se dejan ver a lo lejos, frondosos arboles en cada lado del camino esconden miles de seres, miles de vidas, una verdadera biodiversidad que solo es contrarrestada con la estupidez humana y las ganas de sacarle dinero hasta a una flatulencia del centro de la tierra, y parecen niñas vírgenes previas a su primera vez con el supuesto amor de su vida los pequeños lagartos que se asoman y se dejan ver por unos cuantos minutos para ser capturados y atrapados de por vida una vez que el joven valiente de zapatos rotos retire el seguro, apunte y presione el gatillo.
En esta ocasión el disparo fue letal, con un segundo de obturación quedó atrapada por siempre en el registro de un iluso que dice ser buen fotógrafo, que se pasa el tiempo cerrando un ojo mientras con el otro enfoca lo que ve, aquel que vive enamorado de la vainilla, la decora con cerezas y luego le roba un beso, y es el mismo que caminó veinte kilómetros con unos zapatos comprados seis meses atrás en una promoción de un super mercado, ese mismo que sienta en las piedras a soñar que lo piensan, y ese es él, el que sigue el camino con sus amigos.
Mil y mil doscientos pesos respectivamente cuestan dos ingredientes para calmar la sed y el filo de todo un día comiendo gestos y miradas, la primera es negra y vota gases por arriba, a son de eructos, la segunda es la masacre de un tubérculo, fue rayado en tajadas por un inescrupuloso que lo metió en una bolsa plástica y para que no lo notemos le puso nombre de mujer decente.
Y al regreso se rompió la silla de la resistencia, la valentía se fue con unas cuantas lavadas de sal y la piel no soportó más abusos; fue imposible negar la oferta cada uno por mil hasta la salida, “embárquense muchachos que este man esta necesitado”.
Pedalea y vuelve a pedalear, optimista esconde el cansancio con unas palabras que alimentan la sorpresa tras la vista a una minimalista y muy bien hecha edificación, el mega colegio las flores nos dejó impresionados.
Solo en la mitad de la calle, con la incertidumbre de no saber hacia donde caminar, que bus coger y a quien poder preguntar, desdicha, zapatos rotos, sin música y sin un beso de consuelo.

